Desde
tiempo inmemorial es San Roque venerado en esta villa, y a su intersección
poderosa recurrió siempre en las ocasiones repetidas que las epidemias
diezmaron y castigaron terriblemente a su población. Próximo a su ruina y casi
abandonada su pobre y antigua ermita, en los primeros años del siglo XVIII se
construyó la iglesia, que hoy le está dedicada en el Ejido del pozo de la
buena, y cuya edificación se hizo a expensas de sus devotos. De esta precedió
a aquella con las mismas proporciones.
De un perfecto parecido con la de la Sierra, con sólo veinte años que
ésta procedió a aquella, con la misma proporción en su forma, una misma
altura de sus bóvedas y fábricas e iguales materiales empleados en su
construcción, acusan la mano de un mismo artífice. En el año 1801 se pintaron
sus bóvedas, si es que pintura merece llamarse aquel grotesco emborronamiento.
Había en esta iglesia fundada una capellanía, que proveía el
Ayuntamiento, y los censos y bienes de ella producía una renta anual de
2.500 reales, administrados por el mayordomo que nombraba igualmente la
corporación municipal.
La antigua ermita se hallaba situada en el camino empedrado donde se
aparta el de la Hoya de Juan Alhambra.